27 mar. 2013

FEDERICO

 MIERCOLES, 27 DE MARZO 


Cuando leo algo sobre Federico Garcia Lorca, lo primero que pienso es qué moderno era para un país como España, que aún no representa en términos colectivos nada que sea ni siquiera la mitad de moderno de lo que lo fue él. 
El surrealismo que considero nos es tan innato, que forma parte de nuestro sentido del humor y de nuestra filosofía de vida, sólo ha alcanzado ejemplos pulidos y avanzados en personas singulares, cineastas y pintores.
Nuestro país, como grupo, me parece no estar a la altura de apreciar su "Poeta en Nueva York" (1936), que esa ciudad celebra en estos días.
Le regalé una edición de bolsillo original y traducida a contrapágina a una profesora mía americana que amaba la poesía y me dijo que no había entendido una palabra. No me extrañó. 
Aquellas metáforas que a mí me sonaban tan poderosas en español y un poco menos en inglés, a ella no le decían nada. 
El lenguaje de Poeta en Nueva York es afilado y crudo.
Su fuerza aún hoy deja impertérrito al fiel, al dogmático aburrido, al moralista incongruente y sensato que impera en nuestro modo de pensar.
Esa España reacia al cambio, "profunda", con personajes irracionales y absurdos, ha parido a hijos geniales, libertarios, avanzados y modernos. Deberíamos sentirnos orgullosos de ellos y saber porqué lo estamos.

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